
28.05.2010
(PL) Amaneció hoy muy húmedo, algo frío y...bastante feo en esta capital: el volcán Pacaya dejó con su violento despertar un manto de ceniza volcánica que ensucia el ambiente y entristece el ánimo.
Aunque lo más que aflige son los tres fallecidos a causa de piedras despedidas por el monte en erupción, incluido un periodista, y haber visto a muchos niños desesperados al momento de ser evacuados.
Esto último fue en áreas cercanas a ese coloso de dos mil 552 metros sobre el nivel del mar, que desde unos 30 kilómetros al sur envió hasta aquí esa arenilla peligrosa, molesta, desagradable.
Venía flotando en el aire y la incesante lluvia la hacía precipitarse velozmente sobre cuanto estuviera al descampado, para formar una mezcla de diverso espesor que particularmente encima de techos de calidad cuestionable pone en riesgo a muchos.
La oscuridad en las horas transcurridas tras el estallido impedían percibir la magnitud, pero los primeros albores de este viernes permitieron apreciar a simple vista la novedosa vestidura en calles, aceras, autos, edificios, flora.
Toda la madrugada pasaron cuadrillas de trabajadores barriendo como podían la argamasa y, con celo, depositándola en bolsas plásticas, para evitar llegara a los tragantes hidráulicos y provocara inundaciones.
Escenas de esas labores mostró la televisión desde la emblemática Plaza de la Constitución, que de seguro perdió temporalmente su belleza bajo el embate de la ceniza.
La ciudad está incomunicada por vía aérea, pues el aeropuerto internacional y otras terminales menores fueron cerrados hasta tanto sean limpiadas sus pistas y conjurado el peligro.
Unos días llevaba la urbe ensombrecida por esos tonos grises de un cielo constantemente encapotado y las precipitaciones pluviales que a unos gusta pero a muchos -tal vez los más- tienden a sumergir en la melancolía.
Ahora el ambiente está mucho más oscurecido por ese polvillo negro transformado en material fangoso al aire libre, más en su estado casi natural en sitios abiertos donde el viento lo hace penetrar y la lluvia no llega.
Quienes no fueron previsores y dejaron resquicios en puertas y ventanas, por pequeños que fueran, tienen por delante una fatigosa tarea.
Decenas de miles de capitalinos comenzaron a moverse desde temprano a sus tareas habituales, protegidos por paraguas o capas contra el agua, pero con las cabezas gachas.
No es esa una expresión de desánimo, sino medida de precaución para estar atentos de donde pisan y no exponerse a un resbalón en el lodo volcánico, aunque realmente son pocos los espacios libres de él.



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